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Sudor Jade

Un asesino nos busca. Lo sé. Lo dicen todos.

Salido de no sé qué extraño punto de esta antigua ciudad en la que me había acostumbrado a morar. Ya tenemos asignadas algunas cosas: una casa, algo de comida, vestimenta, una pobreza y un asesino (un grito).

Varias veces pensamos en escapar, mis amigos y yo, llevados por la esperanza de que, tal vez, lograríamos cruzar la frontera. Pero sabemos que, una vez allí, los que la cuidan y cuidan así nuestra soberanía nos pedirán documentos. Y hay un sello especial que no tenemos.

Una vez perpetuado el asesinato de un miembro de la familia, que el asesino toma a elección, el sello corona los documentos de los restantes familiares y cualquiera puede disponer de sí a lo largo y a lo ancho de la superficie del país. No antes. ¿Falsificar ese sello? Imposible. El director de la empresa falsificadora es un asesino de negros y, aunque nosotros no lo seamos, enseguida le daría la información a quien se ocupara de los ámbar.

Conozco a alguien que ya tiene ese sello: la amiga carmín de mi prima. El asesino que le correspondía a su familia se apersonó un día y le comentó, así al pasar, sin siquiera presentarse, que había elegido a su madre, no sabía muy bien por qué. Una cuestión de piel… Alicia, la carmín, no estuvo presente en la materialización del hecho y, aunque realmente sintió mucho la pérdida de su madre, meses después se paseaba orgullosa, mostrando el sello a todos los que la conocemos.

Me pregunto cuál será el minuto, el instante en que ese asesino, que no conozco todavía, tome la decisión. Cualquiera sea no va a resultar algo tan digerible como pretende Alicia, para quien estas cosas ya han pasado a ser un simple acto cotidiano.

Apenas tenga el sello me voy a ir de aquí.

Paso días enteros mirando por la ventana; quiero verlo llegar, no soporto la idea de perderme su irrupción en mi vida. Esa sombra que puede cambiar tantas cosas.

Por más que siento una terrible impotencia no quisiera, por nada, estar en su lugar. No puede presentarse así como así, tal como lo hizo el de Alicia. La nuestra es una familia… No vamos a aceptarlo tan fácilmente. Nos pusimos de acuerdo para oponerle resistencia. Ya está establecido que mis padres, responsables de la casa, no van a abrir la puerta, que vamos a mirar todo por la ventana. Hasta estudiamos la posibilidad de sacar fotografías de su sonriente llegada para denunciarlo. ¿Ante quién? Existe una oficina de control de actitudes éticas de los asesinos. En caso de atropello se puede recurrir allí. En ese caso tardaría más el trámite y jamás obtendríamos el sello.

¡Ah…! ¿Quién decidió que viniéramos a vivir aquí?

El color ámbar es más resistente, al ser la nuestra una raza prácticamente nueva; pero no sé si es válido confiarse en ello. Las balas del asesino de ámbares estarán muy bien diseñadas para penetrar nuestra piel y detener todo en un documento, no en el de los restantes ámbares de mi apellido.

Alguien se acerca, parece indeciso. Revisa unos piolines y corrobora la dirección. Ya está tocando el timbre. Nada es especial en él. Ni siquiera le veo la cara con claridad. Bien podría ser un mensajero para notificar que mi hermana Naomi ha ingresado a la universidad, a pesar de no tener el sello.

Se presenta solo. Escucho que mamá lo invita a pasar. Él agradece y se instala en el comedor a fumar un poco de ricino. Impregna todo de un aroma frío, metálico. No quedan demasiadas dudas. Parece que todos tienen el mismo modus operandi: una exasperante gentileza frente a sus víctimas.

Papá ya está convocando a mis hermanos, yo bajo sin necesidad de llamados. Vengo siguiendo esta escena desde hace meses. No miro a nadie, excepto a él, por dos razones: no quiero que me tome por sorpresa, no vaya a ser que lleve a cabo el asesinato sin previo aviso (aún quiero creer que hay en él cierto sentido de espontaneidad); y, por último, no puedo dirigir mis ojos a ninguno de los posibles asesinados, ni quiero pensar que Aomín, de cinco años, va a ser la elegida. Que decida por sorteo, o por descarte, no quiero escuchar las razones de tan honrosa elección.

Apenas puedo oírlo. Me perdí el veredicto. Trato de leer sus labios y, en un instante, diviso sus ojos clavándose en mí. Abro el plano y percibo rostros desesperados, silenciosos, interrogantes, que confluyen una vez más en mí. No hace falta inferir nada.

Un temblor repentino me va subiendo desde mi planta ámbar hasta el extremo de uno de mis cabellos ultramar. Todo titila. Me nace un sudor de color no acostumbrado, parecido a un verde, similar a una savia milenaria. Soy toda color, aunque esto no me sirve para camuflarme, ya que las paredes están más blancas que nunca. Trato de calmarme y, para conseguirlo, le pregunto si está autorizado, si se fijó en mi condición ámbar- ultramar (me habían contado que no es muy común encontrar un tipo de persona como yo por aquí). En respuesta a mi requerimiento de última hora saca su arma de un bolso que trae. La maneja como si fuera una cámara fotográfica- me conviene pensar que es eso.

El arma es ámbar…y ultramar. Saca cuatro balas combinadas, ámbar…y ultramar. La resistencia está parada, muda, creo que bajo el efecto hipnotizante del ricino que él todavía sigue fumando. Nadie pide explicaciones, ni pone su cuerpo delante de mí. Es como si estuviéramos él y yo solos.

En un gesto de generosidad él apaga su cigarrillo en mi palma ámbar y me informa que mi documento tienen una grave falencia; que los de la Dirección General no encuentran datos míos y que, por eso, ante las dificultades que acarrearían los trámites de regularización, ha decidido eliminarme. Con dos palmaditas en la espalda comprendo la frase que nunca me dirá: -“Quedáte tranquila, así va a ser mejor. Ahora todos tus familiares tendrán el sello en el documento y la Nación va a estarte eternamente agradecida por haberle ahorrado tiempo y dinero en la búsqueda de los datos que, sobre vos, extravió la Dirección General”- Así de simple.

Mientras enciende otro cigarrillo frotando el fósforo contra mí, trato de no ponerme nerviosa. Es que él me transmite esa calma. ¡Cómo contrariarlo!

Toma distancia y pienso que no importa, total seguro que voy al Cielo, que sigue siendo tan celeste pastel como el Cielo que les corresponde a los carmín.

Hubiese querido despedirme de mis amigos y darles un beso a ellos que están tan tiesos, cada vez más idos de sí. Sería un sufrimiento que quisiera evitar, minutos antes de mi deceso.

Me pregunto si saldré en los diarios. ¡Qué idea tan tonta! Sería como si publicaran cuando cualquier ciudadano abre una cuenta corriente en el banco.

Ahora sí, ya no queda lugar para más reflexiones. Si fuera impresionable giraría la cabeza. ¡Lo soy!, pero allí está él, tan atento, tan responsable con su trabajo.

Un disparo dulce, nunca imaginado, ni sentido por mí. Mi piel ámbar se curva justo a la altura de un lunar ultramar que recuerdo tengo cerca del ombligo, más cerca de mi costado derecho, tan débil. Ese fue el primero. Hay un gemido y el segundo disparo viene a ahuecar el centro de uno de mis hombros; ya no distingo costados, no sé qué es derecha ni izquierda, ni arriba o abajo, sólo sé que es “hombro” porque él tiene allí colgado el bolso de donde sacó el arma. La tercera es como un beso, cerca de la nariz,  y la cuarta me aúlla al oído, aunque puede haber rebotado en cualquier otro sitio. Nada es tan claro como lo era antes, pero ahora ya no por efecto del ricino.

Ya sin balas, él guarda el arma ámbar, deja su puro sin terminar en el cenicero, y les indica a mis familiares que pasen entre tal y tal fecha por la Dirección General para que les sellen el documento. Ellos sonríen de costado, disipan con la mano el humo denso.

¿Será cierto que yo continúo parada aquí como antes, con algunos… cómo decirlo, “lunares” más, y un leve dolor que no me permite diferenciar tanto, pero parada, pestañeando?

Él pasa delante de mí; si estoy allí, me ve… Sí, me empuja un poco (¿Algún saludo de colegas?) y se retira, despidiéndose del resto de las personas ámbar que están en el cuarto.

Silencio. Ni viento ni nada en miles de kilómetros que llego a percibir. Le duele al mundo una muerte más, otra muerte así.

Alguien derrama lágrimas en la otra cuadra, lágrimas rojas…de ámbar.

Permanezco de pie con la boca cerrada para que no se me escape el alma. Pero a mi alrededor están todos boquiabiertos. Parece una provocación pero es su forma de manifestar sorpresa, actitud común a los ámbar, a los carmín, a los negros, a todos.

Cuando el ricino termina de disiparse, repentinamente, el cuadro retoma su movimiento habitual. Todos se acercan a mí y me preguntan cómo me siento. Me siento restada, pero no puedo decírselos con la voz.

Imoán, mi hermano mayor, me pasa un dedo por la frente y moldea la sustancia que recoge. Juega, y su actividad termina por formar una figura brillosa y con olor a incienso. Con ella, frotándola, atrae papeles. Pasa varios minutos jugando y, una vez que se aburre, guarda la figura entre las hojas del documento, que saca del bolsillo exterior.

Aomín, desde sus escasos centímetros, me pregunta si me duele. Con la mirada yo le pregunto lo mismo.

Pienso levemente y así sonrío y respiro. Este podría ser el inicio de un proceso cuyo final fuera la desaparición completa por disolución. Pero creo que no es así ya que todo lo que tenía que desaparecer ya ha sido eliminado, sino el asesino se hubiese quedado para cerciorarse de la feliz culminación de su tarea.

Oigo pasos lejanos en la parte superior, ¿recuerdos? Nimoa y Noemí subieron a buscar sus documentos para imaginar el sello puesto allí, llenando la página III. Todos sus pensamientos, en este momento, pasan por el sello, el documento, la página III. Cadena de asociaciones que nunca se rompe, anticipando cuántas cosas posibilitará este flamante estado migratorio.

Y yo no dejo de pensar en mi nuevo lugar en la casa. ¿Cuál será? ¿Un retrato solo y triste, de homenaje, en las alturas de un armario? No sé si darme por suprimida en esta situación tan especial, de estar y no estar.

No dejo, no dejo de pensar, aunque sea levemente, en lo que nos rodea. Me acerco a la ventana, sin abrir la boca, y veo el frenético desplazamiento de asesinos de todos los colores que se apresuran a rendir cuentas a la oficina de registros antes de que caiga la tarde.

 

Marsha Gall

1986?

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This entry was posted on February 1, 2017 by in Uncategorized.

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